Crisis Política Económica, Pobreza y Soberanía Alimentaria

En el marco de la crisis económica del sistema capitalista, el autor expondrá sobre las implicancias actuales de las políticas de los organismos internacionales como la FAO. Con ello se profundiza el debate sobre cómo se resuelve la situación de pobreza e indigencia. De esta manera, se plantean dos modelos en pugna, uno que sostiene que bajo la seguridad alimentaria (que legitima el modelo de expoliación dominante) se resolvería el problema del hambre, y otro, el de los pueblos, que sostiene una forma distinta de producir y de decidir: la soberanía alimentaria.
Julio Gambina, es Contador Público. Doctor en Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.

VIERNES 3 DE JULIO, 18 HS. AULA MAGNA

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¿Por qué decidimos hablar de Soberanía Alimentaria?

Poner en práctica el concepto de soberanía alimentaria en el contexto político- económico actual implica necesariamente cuestionar al capitalismo, ya que los principios de uno y otros se enfrentan de manera irreconciliable.

La lógica extractivista implantada desde hace décadas por el sistema capitalista en América Latina, ha transformado los bienes comunes en mercancías, susceptibles de ser apropiadas (saqueadas)  por las grandes empresas trasnacionales. A cambio del despojo dejan territorios arrasados, contaminados, fragmentados y aún más empobrecidos por la mega minería, el monocultivo, la industria hidrocarburífera, la sobreexplotación pesquera, la especulación inmobiliaria, entre otros. En este sentido, no se trata solamente de la explotación de esos bienes comunes (aunque eso implique un problema en sí mismo), sino  que esto genera una degradación integral de los territorios y las comunidades que los habitan. Desde lo estrictamente productivo, estas actividades  llevadas a cabo a gran escala, afectan los desarrollos productivos locales, tanto en términos de la generación de trabajo como de la identidad cultural. Desde la mirada económica, la lógica de las empresas multinacionales, amparadas por el estado, no tienen otro objetivo que expoliar nuestros bienes a muy bajo costo y con altísima rentabilidad.  A su vez, los impulsores de estas políticas extractivistas, las corporaciones y el propio estado, esgrimen que este tipo de prácticas  abonan al “progreso y el ascenso social”, planteando una falsa dicotomía entre protección del ambiente y desarrollo económico. Pero en definitiva lo que avanza es el consumo cada vez más desmedido de unos pocos.

Como consecuencia de estos procesos,  la producción de la tierra (rural y urbana) y nuestros alimentos  se han convertido en meras mercancías cuyos precios son regidos por la especulación financiera internacional, condicionando a millones de personas al hambre, la miseria y la exclusión , desbastando millones de hectáreas de montes y selvas, contaminando ríos, destruyendo la biodiversidad, empobreciendo la tierra, desplazando producciones regionales indispensables para la alimentación de la población local, desalojando de su tierra a las comunidades.

En completa oposición con este modelo extractivista y capitalista, la Soberanía Alimentaria se plantea como el derecho de los pueblos a definir no sólo sus propias políticas y estrategias de producción, distribución y consumo de alimento, que garanticen una alimentación cultural y nutricionalmente apropiada y suficiente para toda la población; sino también decidir sobre qué tipos actividades se desarrollan en los territorios, en tanto éstas no atenten contra el desarrollo de la vida misma.

Si en los años ‘90, bajo el discurso de la eficiencia, se consolidó un modelo que viabilizaba la expoliación de los bienes comunes, que garantizó el deterioro de la salud y la educación pública, que generó masas de obreros desocupados; a partir de la década siguiente se intentó imponer la idea de un cambio en el rumbo político.  El capitalismo y sus representantes locales se camuflan convidándonos con espejitos de colores intentando disimular la entrega. En Argentina, como en el resto de Latinoamérica, la política oficial menciona en su plataforma de gobierno palabras tan sentidas como agricultura familiar, agroecología, soberanía alimentaria, desarrollo sustentable, desarrollo local, pero que carecen de contenido en tanto están inmersas en acciones que profundizan el modelo.

Ejemplo de esto es el Plan Estratégico Agroalimentario y el párrafo destinado a la Agricultura Familiar, o el proyecto de Ley de semillas impulsada por Monsanto y las demás multinacionales agroalimentarias, o la aprobación reciente de una Ley de Agricultura Familiar mientras se sigue promoviendo el agronegocio sojero. Bajo esta impronta discursiva se plantea la incorporación de aquellos sectores de la población que en los últimos años han sido desplazados, se esgrime la necesidad de la autosuficiencia energética y de la producción nacional, no obstante lo que se está llevando a cabo mediante esta retórica es la legitimación de la profundización de la explotación de los años ‘90. Si lo que se quiere es lograr autonomía energética, promover el desarrollo de la agricultura familiar, generar desarrollo de producción nacional, entre otros, es inviable que se fomente y se legitime la concentración y el negocio del capital transnacional y de sus socios locales.

Por eso, la pelea por la Soberanía Alimentaria no puede estar escindida de la pelea de un cambio en todos los órdenes sociales, que impliquen una verdadera transformación que rompa con un sistema que tiene como razón de ser la explotación del hombre y de la naturaleza en función de acumular en cada vez  menos manos.

Claramente, las universidades no están exentas de estos debates, e incluso se han convertido en el brazo ejecutor, técnico y legitimador de este tipo de políticas.

También debemos decir, que hay quienes creemos en otra universidad, una verdadera universidad que se construya de cara al pueblo, que el conocimiento se construya en pos de las verdaderas necesidades de la población.

En este sentido, entendemos a la Cátedra Abierta de Soberanía Alimentaria, como un instrumento de resistencia, para profundizar el debate que plantee que existen otras alternativas al modelo dominante; que otra universidad es posible, en tanto esta contribuya a una transformación social al servicio de las mayorías.